Fecha límite
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Me pasa una cosa curiosa con los trabajos: tres años es lo máximo que he estado en un mismo sitio. Bueno, de hecho, ni eso: fueron dos años y once meses.
En octubre se cumplirán tres años desde que empezó la “aventura” como autónoma, de una forma fija y sostenida en el tiempo. Y me estoy dando cuenta de que empieza a atormentarme la idea de no llegar más allá. Y no será por falta de trabajo, porque, gracias a Dios, ahora mismo tengo proyectos a medio año vista y, hasta este momento, nunca he estado parada.
No sé si es miedo a no seguir estando a la altura, a que el cansancio salga por donde no debe o a que el agobio por todo lo que no está relacionado con la tarea en sí (léase facturación, papeleo, gestiones con las administraciones…) sea más fuerte que la ilusión por lo que hago. O puede que sea cosa del perfeccionismo, una virtud en mi campo pero una maldición en la vida.
Hablaba hace un tiempo con una amiga y a ella le pasa lo mismo: cuando lleva mucho tiempo en un sitio, llega un momento en que se aburre. Necesita algo más, nuevos estímulos, proyectos que la hagan crecer en vez de quedarse estancada. Y la admiro por ello, porque tiene la valentía de lanzarse a la piscina, cambiar de empleo, empezar de nuevo y arreando. Ojalá ese coraje sea contagioso.
En realidad, yo quiero seguir adelante. Quiero cumplir cuatro años, cinco y los que vengan. Tengo el privilegio de que mi trabajo siempre es igual y, a la vez, siempre es distinto: la tarea es la misma, pero los textos, los clientes, las relaciones que se crean con ellos, las experiencias que compartimos, todo eso un aliciente poderoso que no se ve en todos los trabajos. Y no lo cambiaría por nada del mundo.
Mmm, me da a mí que el síndrome del impostor vuelve a andar por aquí cerca…
🤔

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