Dormirse en los laureles

Imagen de @rawpixel-com, en Magnific.
Dice la RAE que dormirse en los laureles es «Descuidarse o abandonarse en la actividad emprendida, confiando en los éxitos que ha logrado».
OKDiario lo explica un poco más detalladamente:
La expresión dormirse en los laureles tiene sus raíces en la Antigua Grecia y en la Roma clásica. En aquel entonces, los laureles eran símbolo de triunfo y victoria. Los ganadores de los Juegos Olímpicos y otros certámenes deportivos eran premiados con una corona de laurel, como reconocimiento a su esfuerzo y habilidad. Por lo tanto, el laurel estaba asociado con el éxito y el reconocimiento público.
Sin embargo, a pesar de esta connotación positiva, el significado de la expresión actual es bastante diferente. Cuando decimos que alguien se ha dormido en los laureles, nos referimos a que esa persona ha dejado de esforzarse o de trabajar duro después de haber logrado cierta fama o reconocimiento. Es como si hubiera descansado sobre los logros obtenidos y se hubiera vuelto complaciente.*
Esto viene a raíz de que, hace unas semanas, un cliente me dijo que desde que colaboro con su empresa les he ayudado a subir el nivel de sus publicaciones. Me costó pasar por la puerta después de esa declaración, por eso de hincharse de orgullo como un pavo real.
Pero claro, luego vino mi síndrome de la impostora a pincharme un poco, diciéndome que eso no era verdad, que no sirvo para este trabajo, que cometo errores, que soy un fracaso. Y, obviamente, el siguiente trabajo para la misma empresa resultó un churro.
Profecía autocumplida, lo llamo yo.
No ha pasado nada y se ha podido solucionar, pero me sigue sorprendiendo (mi psicóloga dice que la sorprende que me siga sorprendiendo) y jorobando (perdón por el lenguaje) cuando eso me sucede. Es como si en vez de disfrutar del cumplido sin condiciones, en su justa medida, dejara de esforzarme —me durmiese en los laureles— para darle la razón a ese síndrome de la impostora.
¿Cómo se soluciona eso? No tengo ni idea. Si alguien lo sabe, que me dé un toque y me lo cuente. Por el momento, he conseguido apaciguar a la impostora y regodearme un poquito, a escondidas, sin que se dé cuenta, de las cosas tan bonitas que mis clientes aportan a mi vida.
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