No soy neurocirujana
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| Imagen de @freepik. |
Ni cardiocirujana ni nada que suponga operar a alguien a vida o muerte.
Soy correctora ortotipográfica y de estilo. Un trabajo muy digno y que adoro, pero no es un trabajo a vida o muerte. (Aunque a veces leo cada cosa que dispara mis ansias asesinas, tampoco lo voy a negar.)
Eso es lo que debo repetirme a veces cuando el estrés presiona y todo parece urgente, importante, inmediato y desesperado.
En las últimas semanas, el capricho de un cliente que ha decidido ir a imprenta antes de lo pactado ha hecho que tuviera que pasar jornadas maratonianas de hasta nueve y once horas delante del ordenador (recordemos que yo trabajo a media jornada, y lo que me cuesta llegar a ella en ocasiones).
Y después de entregar el proyecto y caer anestesiada en la cama durante dos días, he decidido que hasta aquí hemos llegado. Como ya he dicho, mi trabajo no es a vida o muerte. No pasa nada por ir a imprenta un día más tarde o por no publicar por Sant Jordi. (De hecho, casi mejor no hacerlo, a menos que seas un escritor consagrado o mediático.)
La ansiedad y el estrés de estos días no los compensa el importe de la factura. La salud —física, mental y emocional— debe estar por encima. Punto.
Y si para eso hay que decir que no a algún trabajo, pues se hará, aunque sea muy a mi pesar. No puedo decir que sí a todo por miedo a que más adelante no me llamen, o a quedar mal, o a cualquier situación apocalíptica que mi mente decida inventar. A veces hay que ponerse serio.
Adoro mi trabajo, pero eso no implica dejarme la vida por él. Es lo que hay.

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