Prólogo

Imagen de @storyset, en Freepik

Pues nada, que un autor muy majo al que le he revisado algunos de sus libros me pidió si me apetecería escribir un prólogo para la última de sus obras, la mejor que ha escrito. ¡A mí! ¡Que soy una mindundi!* ¡Una doña nadie! ¡Una remota mota de polvo en el universo!**

 Y claro, después de un primer ataque de pánico (la reacción automática por defecto de mi mente), ya más en calma, me dije que oye, ¿por qué no? Saliera lo que saliera, sería un aprendizaje para mí. Y si finalmente no aparecía en el libro, tampoco pasaba nada: seguiría habiendo ganado experiencia y ensanchado mis límites. 

 

Y nada, después de mucho escribir, borrar, volver a escribir, leer, releer, odiarlo, amarlo, cambiarlo, desecharlo, empezarlo de nuevo, reciclarlo, etc., finalmente he dado con un texto coherente (creo) que el autor, después de valorarlo y darme unos consejos, ha aceptado y va a incluir en su libro. 

 

No descarto que desde ahora hasta el día de llevarlo a imprenta lo haya modificado de nuevo: a veces, las mejores ideas aparecen cuando les has dado al botón de “Enviar”. Juego con la baza de que todavía hay que revisar la maqueta y tengo un poco de margen… Si hay que dudar, se duda hasta el final. 

 

Como dice el autor: «El buen trabajo es una confrontación permanente al fracaso». 

 

 


* Una excompañera de trabajo me decía un día que estaba tentada de añadir MDD —de mindundi— al lado del nombre en la firma de los correos de la empresa. Da como más autoridad… 

 

** A dust speck. La imagen a la que me refiero es la número 2, hacia el final del artículo. Es una tira cómica de Calvin y Hobbes publicada el 14 de octubre de 1993, de Bill Watterson. ❤️

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